Saturno (y sus anillos)

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Gianfranco Rosi viaja por el GRA romano para recoger las vidas de sus arcenes

Los planetas tienen a veces anillos, aros hechos de polvo y otras partículas más pequeñas que los grandes astros, que giran alrededor de un planeta. Saturno tiene unos siete, Urano unos trece, y… Roma, uno. La ciudad eterna es, tal y como no pocas películas (desde Roma, de Federico Fellini, hasta La gran belleza, de Paolo Sorrentino) nos han hecho ver, casi un planeta en la faz de otro. Casi uno tan extraño como Saturno. Y alrededor de él, claro, hay un anillo, el de circunvalación, la carretera que rodea la ciudad y que permite a sus habitantes (ya sean terrestres o extraterrestres) desplazarse entre ella. El Grande Raccordo Anulare, o GRA, es el que el documentalista italiano Gianfranco Rosi ha sacralizado: de Sacro Graal, Santo Grial en italiano, a Sacro GRA hay muy poco, y no solo a nivel lingüístico. El GRA, en tanto anillo planetario, se muestra como un extraño lugar (por normal) en donde la vida pasa cada día para una gran cantidad de gente que habita cerca de él, una población que solo se parece entre sí en su consciencia de que están viviendo sus propias vidas… nada menos.

Las vidas de un conductor de ambulancia que entre turno y turno habla por Skype con su familia lejana, un pescador de anguilas del río Tiber (o cualquier otro), dos prostitutas que viven en una caravana en el arcén de la carretera, unas bailarinas ligeras de ropa en un bar de carretera, un noble que vive en su palacio extrañado y alquilándolo a rodajes de cine, o un científico (o cualquier otra cosa) que investiga la enfermedad de las palmeras. Las vidas de un inmigrante ecuatoriano que hace de DJ en su casa y fuera de ella, un hombre que hace perfumes en su apartamento, o un joven que se acaba de mudar, apilados en un gran bloque de pisos permanentemente sobrevolado por los aviones. Sacro GRA, más que fijarse, se entromete ligeramente en todas esas vidas, sin más intención que mostrar unos minutos de ellas: tan sencillamente. Aunque al final, lo sencillo también acaba por hacerse complejo: mientras dos vecinas del bloque de apartamentos dicen que todo lo que ven a su alrededor es “como un cementerio”, el científico botánico dice, en cierto momento, que “la palma tiene la forma del alma del hombre”.

Gianfranco Rosi intenta reflejarla, sin ninguna ambición, sin ninguna dramatización, ni ningún hilo argumental. Su obra, premiada por sorpresa con el León de Oro en Venecia del año pasado (por encima de favoritas como Stray Dogs de Tsai Ming Liang, Under the Skin de Jonathan Glazer o El viento se levanta de Hayao Miyazaki, y que la propia autopista ha festejado), es un compendio de miradas, un conjunto de retazos de existencias que se mantiene en lo anodino, sin moverse de ello, sin elaborar discurso alguno. Quizá, por ello, el espectador se encuentre, al final, desconcertado; con exactamente el mismo desconcierto que se siente al ver las cosas normales, sin ningún añadido, que uno suele hacer. En este planeta y en cualquier otro.

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Un pescador, dos prostitutas o los habitantes de un bloque de pisos, en ‘Sacro GRA’

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