Sitges 2014 (III): La erótica del no-lugar

Tras finalizar la tercera jornada del Festival de Sitges, experimentamos una profunda sensación de desamparo a causa de aquellas películas visionadas que reflexionaban sobre la extrañeza del mundo. La distancia de Sergio Caballero, 2030 de Nguyen-Vo Nghiem-Minh, promesa del cine emergente vietnamita, y la polémica Hard to be a God de Aleksey German fueron las encargadas de perturbar nuestros previos posicionamientos acerca del bien y el mal, la realidad y la fantasía, o lo utópico y lo distópico. Aunque los tres largometrajes partan de tres planteamientos temáticos completamente distintos, el vandalismo, el caos y el sinsentido existencial son los motores que impulsan las tramas de estas películas ambientadas en universos paralelos o futuros venideros. Los films citados se desarrollan en estratégicos e irreales emplazamientos que, por su belleza paisajística, los alejan de cualquier analogía con el auténtico espacio físico del espectador y, a la vez, los reconcilia con la cotidianidad de su público, al exhibir una atmósfera anárquica provocada por la irracionalidad del ser humano. En otras palabras, los directores explotan y analizan la erótica del concepto del no-lugar, proponiendo un choque entre la fascinación por el exotismo visual, la incomprensión del mundo y nuestro comportamiento inadecuado.

la distancia

‘La distancia’, de Sergio Caballero

De las tres propuestas mencionadas, La distancia es la única que se desliga de la crítica social manifestada en la obra de Nguyen-Vo Nghiem-Minh y en la del recientemente fallecido Aleksei German. A diferencia de 2030 y Hard to be a God, el clima ilógico y macabro que envuelve la trama de La distancia debe entenderse a partir del tono humorístico que caracteriza la escueta filmografía de Sergio Caballero. Igual que Finisterrae o Ancha es Castilla/N’importe quoi, la ironía es el único recurso que nos permite simpatizar con sus personajes: unos seres de ultratumba trastornados por clásicos apuros de seres humanos. El segundo largometraje del co-director del Sónar está protagonizado por tres enanos siberianos con poderes telepáticos, cuya misión es entrar en una misteriosa sala de una central térmica abandonada para cometer un robo. Con este argumento con ecos de Stalker de Andrei Tarkovsky, Caballero elabora otra delirante road movie que no peca de pretenciosidad como algunos declararon de Finisterrae. El cineasta se desprende de toda la carga referencial ostentada en su ópera prima, convirtiéndola en una simple, absurda e hilarante historia onírica, que no pretende boicotearse a sí misma por culpa de la bipolaridad entre el desenfrenado humor negro y la seriedad de sus explícitas influencias.

2030

‘2030’, de Nguyen-Vo Nghiem-Minh

Si bien el humor absurdo es el rasgo que separa La distancia de las otras dos distopías vistas en el tercer día del Festival de Sitges, la trágica situación medioambiental contemporánea es el advenimiento que inquieta al novel director vietnamita Nguyen-Vo Nghiem-Minh en 2030. El cineasta que en 2004 sorprendió a la crítica con su ópera prima The Buffalo Boy, diez años después inicia su nuevo proyecto con la misma preocupación por nuestro entorno natural intuido en su espléndido debut que llegó a competir dentro de la sección oficial de cincuenta festivales internacionales. El acontecimiento que propulsaba el melodramático relato de The Buffalo Boy era el viaje del pequeño protagonista en busca de nuevas tierras para alimentar a su ganado, dado que el pasto había quedado debajo del agua. Según apunta la supuesta teoría ecológica formulada por el ingeniero aeronáutico Nguyen-Vo Nghiem-Minh, en el año 2030 Vietnam será uno de los países que habrá quedado por debajo del nivel del mar. Su última película proyectada en el Festival de Sitges es una historia futurista, ambientada en ese catastrófico periodo ficcionado, que propone una reflexión sobre el calentamiento global. Por otro lado, el argumento de la abstracta 2030 responde a un thriller que arranca a partir de la sospecha del asesinato de uno de los miembros de un triángulo amoroso. Sin embargo, el director prefiere desatender la misma trama policíaca para invitar al espectador a contemplar esa deslumbrante fotografía bañada con absorbentes melodías de Debussy.

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‘Hard to Be a God’, de Aleksei German

Hard to Be a God es la tercera distopía que nos ocupa, probablemente la más lúgubre y ambiciosa de las ilustradas hasta el momento. El largometraje de Aleksei German, terminado por su mujer Svetlana Karmalita y su hijo Aleksei German Jr. a raíz de su prematura muerte el pasado año, está basado en una novela de título homónimo de los hermanos Strugatsky, también responsables del relato que inspiró a Tarkovsky en el guión de Stalker. La historia del realizador ruso narra la llegada de unos científicos terrícolas a un planeta desconocido que se ha detenido en una oscuridad impropia del periodo renacentista. La misión de los astronautas es enseñar a los nativos las herramientas necesarias para salir de las tinieblas en las que se han sumido. No obstante, el comandante de la expedición Don Rumata (Leonid Yarmoinik) prefiere aprovecharse de la ignorancia de los marcianos y finge ser el hijo de un Dios pagano para ser tratado con suma preferencia. Hard to Be a God recuerda a los fabulosos tándems cinematográficos de Werner Herzog y Klaus Kinski en la demencia interpretativa de Leonid Yarmoinik; pues Yarmoinik parece actuar más allá de los mismos límites de la ficción, rozando las fronteras de la locura. En el testamento fílmico de Aleksei German la niebla, la lluvia, la sangre, el sudor y el barro están tan integrados en los múltiples planos secuencia de esta fábula de ciencia ficción que el espectador olvida estar frente a un irreal artefacto visual. Hard to Be a God es un tratado nihilista en el que cada plano anhela abarcar detalladamente toda la oscuridad del alma humana, como si se tratara de la adaptación definitiva al séptimo arte de la obra pictórica de Brueghel.

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