El frío habla

winter sleep

‘Sueño de invierno’ equipara paisajes geográficos con paisajes de nuestra alma

Lo nuevo de Nuri Bilge Ceylan no es tanto una película como una clase de filosofía. Lejos del sentido académico del concepto; no se encuentra en ella la voluntad de depositar sobre el espectador una cantidad ingente de etéreos y suprahumanos silogismos venidos directamente de los pensadores más insignes de la historia. Más bien, cerca de su sentido último, de lo que cualquiera de estos pretendían conseguir; en ella brota la capacidad de acercarse a entender la condición humana. Nada más y nada menos.

En una zona perdida de la Anatolia central, esa que ya le sirvió al realizador turco para equiparar paisajes geográficos con paisajes de nuestra alma (y así) en cintas anteriores de su filmografía como Los climas (2006) o la magnífica Érase una vez en Anatolia (2011), vive un hombre. Alrededor de él, un pequeño hotel que regenta incrustado en unas rocas de la pintoresca Capadocia, una buena cantidad de propiedades inmobiliarias e inquilinos que gestiona de manera especialmente desinteresada, un oficio que consiste en escribir exhaustivos análisis de temas que le cruzan la cabeza para un periódico local, un diligente y servicial asistente, una hermana divorciada que ronda su día a día perdida en su anodina rutina, y una esposa más joven que él que ocupa su vacío vital con pequeñas (o no tanto) hazañas solidarias para los más desafortunados. Ese hombre, y lo que tiene a su alrededor, son la imagen de una vida estancada, una narcosis que supone el centro de Sueño de invierno (o Winter Sleep) y que se acentúa cuando las inclementes nieves de la estación más fría del año se abalanzan sobre ella. En los días y noches de Aydin, el hombre, se quita de manera sorprendentemente cotidiana el velo que tapa lo que en realidad lo conforma a él, a sus inquilinos, a su asistente, a su hermana o a su mujer. Y al frío del invierno (o del alma).

Ese descubrimiento es orquestado por Nuri Bilge Ceylan de una manera aparentemente sencilla, por fascinantemente compleja. Su visión suntuosamente estética (la de por ejemplo, Tres monos, 2008) se mantiene al más mínimo nivel, para que sea, por su cuenta, la palabra la que se vuelva voluptuosa. Sueño de invierno es una película dialogada; habla él, hablan sus inquilinos, habla su asistente, habla su hermana y habla su mujer. E incluso habla el frío. Dice Ceylan (y lo deja claro en la dedicatoria de los créditos finales) que para hacer esta película se ha inspirado en las obras del irrepetible Antón Chéjov, y se nota. Cada escena de Sueño de invierno parece hacerse pasar por una página (o muchas) de la obra del escritor y dramaturgo ruso. Sus palabras parecen extenderse por la pantalla sin pretensión alguna, sin artificio alguno, sin andamiaje visible; y sin embargo, se antojan lo más complejas posible. A través de una deslumbrante conversación sobre la aceptación del mal para vergüenza del malhechor, por ejemplo. El espectador es invitado a perderse en unas cuantas escenas (se pueden casi contar con la mano) en la que cada personaje se desnuda a sí mismo, sin querer, sin hacerlo voluntariamente. El hombre es enseguida visto como un señor anquilosado en su privilegiada posición que, aunque aparentemente ético y con conciencia, no deja pasar la posibilidad de que un niño, uno de los inquilinos de sus propiedades, le bese la mano para mostrar sumisión. La hermana divorciada no tarda en revelarse como una mujer amargada por su vida, en la que ha perdido todo norte (por haberse desvanecido en él) e intenta retomarlo volcando sus pesares en los demás. La mujer, fría y distante, acaba mostrándose como una joven con todo sueño posible roto, que se ha dado cuenta de que lo único que puede reencauzar su vida y acallar sus demonios personales es esforzarse por ayudar a los menos privilegiados, desde su atalaya de bienestar.

Precisamente es este discurso, tan presente en las obras de Chéjov, el que funciona como motor de la cinta (nunca mejor dicho). Es dentro de un coche en marcha en donde Sueño de invierno empieza, con una pedrada, que rompe la luna del asiento del copiloto en donde viaja Aydin, provocada por la mano del niño anteriormente nombrado, hijo de un inquilino sin dinero para pagar el alquiler. La situación de la familia, en donde cobra especial importancia la pobreza, los problemas de reinserción social (tras la cárcel) y la religión (el tío del niño es imán), es crucial desde los cimientos de la cinta hasta su tejado. Parte de la conciencia humana nace en la diferencia entre la riqueza y la pobreza, y cada una de ellas reacciona de manera diferente. Ceylan filma con la precisión de una navaja cada momento en la que la misma se descubre, palabra a palabra, hasta convertirse en un destellante reflejo de lo que llevamos en la cabeza. Y a veces, con esa navaja, corta, a modo de Dios ex nihilo (el desmayo del niño antes de besar la mano del protagonista, incluso el vómito en la distendida y alcoholizada reunión con su compadre y el colega de su mujer) para dar con el tuétano del asunto.

La virtud de Nuri Bilge Ceylan es que hace eso en prácticamente todos los pasajes de su cinta. Las relaciones que existen entre todos y cada uno de sus personajes se exponen de forma irrefutable, a través de esas palabras, delimitando un cuidado y preciso entramado que representa, en su intimidad y pequeñez (todo transcurre en los interiores de las habitaciones, los salones o las cocinas de las casas), la nada insignificante condición humana. La aceptación, la condescendencia, la indiferencia, la preocupación, el miedo, la clase social, el respeto… y demás, aparecen en pantalla, al menos en un momento a lo largo de los justísimos 195 minutos de duración, que se suceden en una estructura pensada al detalle en la que no sobra ni pesa nada. Sueño de invierno es algo así como la verbalización de la conciencia humana, un libro abierto que entra en los recovecos de lo que nos hace lo que somos. Ah, y fue la gran triunfadora del pasado Festival de Cannes, llevándose la Palma de Oro. El frío, contundente, sentó cátedra.

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La cinta de Nuri Bilge Ceylan, un libro abierto que entra en los recovecos de lo que nos hace lo que somos

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