Herzog de las entrañas

la jungla interior

Juan Barrero juega con la naturaleza y la intimidad en ‘La jungla interior’

En las más grandes cintas del director alemán, casi homo universalis, Werner Herzog, la naturaleza es el mayor protagonista de las historias más grandes jamás contadas. En Aguirre, la cólera de Dios o en Fitzcarraldo, la virulencia de Klaus Kinski se daba de bruces contra algo más grande (si cabe) que acertaba a describirlo tanto por fuera como por dentro. Unas décadas más tarde, y permitiéndonos todas las licencias poéticas posibles en cuanto a las comparaciones, a Juan Barrero le pasa un poco lo mismo. En su sorprendente cinta, La jungla interior, la naturaleza es el extraño hilo conductor que necesita para contar la historia más pequeña jamás contada. O si se quiere ver, la más grande de todas.

Lo que hace Juan Barrero en La jungla interior no es más que viajar a su propio centro, a través de los paisajes que marcan el camino. O más bien, viajar al centro de su novia, Gala, último reflejo de su propio ser, a través de ellos. Desde muy lejos, en una jungla tropical perdida a orillas del Pacífico (a quien le interese, la frondosa y pacífica Costa Rica), Barrero detiene la mirada en los manglares, en la bestialidad (los cocodrilos) y en la delicadeza (aves diminutas) que los habitan. Pronto esa bestialidad y esa delicadeza se transforman en otra cosa: en la relación amorosa que lo une con su pareja, también, como todas, a medio camino entre lo primero y lo segundo. En un viaje anterior a su pueblo natal, los dos descubren el pasado escondido de su familia, perdida entre la Guerra Civil y la oscuridad del olvido, a la vez que se acercan a una romería tradicional en la que los hombres se recubren de musgo. Tan desconcertante como cotidiano. Y en un momento posterior, ambos se ven enfrentados ya no a su pasado, sino a su futuro: uno en forma de embarazo. La jungla de la costa tropical se convierte casi sin darnos cuenta en una jungla de recuerdos, de sentimientos y de inseguridades.

La jungla interior suena como una ficción, aunque sea un documental. O al revés. Lo que Barrero ha conseguido hacer (a todo esto, con la producción de Luis Miñarro), es convertir en una historia fascinante un acontecimiento personal, una sensación íntima, una reflexión hecha para quedarse solamente dentro de sí mismo. Una película en primera persona, una selva en la que en seguida se muestra casi con mayor importancia a la segunda persona: Gala es su reflejo, tanto emocional como cinematográfico. Barrero se erige en ella como un Herzog de las entrañas humanas, tal cual, con una asombrosa capacidad para dotar de la misma relevancia narrativa (y poética) la observación de la jungla y a la de su vida interior. Y en ella, como en la naturaleza, hay fealdad y belleza, aunque esta última esté a menudo ligada a la crueldad, a veces de forma irrenunciablemente chocante: Barrero se libera de tabúes (de la extraordinaria escena de sexo al parto de la hija de ambos) para viajar por dentro de sí mismos. Pero tanto el exterior, como nuestro interior, son arboledas entre las que solo explorando a conciencia se alcanza a ver la luz del sol.

la jungla interior 2

El director viaja a su propio centro, o más bien, al de su reflejo en su novia, a través de los paisajes que marcan el camino

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