Una farsa

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Rosamund Pike es el cuerpo de la mentira en ‘Perdida’

Las cosas claras y el chocolate espeso. Perdida (o mejor, Gone Girl) es una farsa. Y en muchos sentidos. Antes que nada, la historia, salida de la pluma de Gillian Flynn y convertida en novela superventas antes de que la propia autora la tradujese al lenguaje cinematográfico para David Fincher, sigue a una mentira. Un buen día, un marido vuelve a casa para encontrarse que su mujer ha desaparecido; hay una mesa volcada, hay una gota de sangre en la campana extractora de la cocina, y hay un gato que, si pudiera hablar, diría la verdad. Al siguiente, la historia nos hace pensar que es el marido el que miente. Al otro, nos hace pensar que es la mujer la que ha mentido (¿y sigue haciéndolo?). Al otro, nos hace pensar que es la policía o los padres de la mujer. Al otro, nos hace pensar que es el vecino y la presentadora de televisión. Y al otro, nadie sabe quién dice qué, ni cómo dice lo que dice, si es que es verdad que lo dice. Pero sobre todo esto, parece que David Fincher sabe quién dice qué, y si lo que dice es verdad o es mentira. O quizá solo lo parece. La adaptación a la gran pantalla de Perdida es un batiburrillo de verdades, mentiras y medias tintas, siempre extremas y desorbitadas. Y todas están suntuosamente hiladas por la maestría cinematográfica de un director que sabe hacer absolutas virguerías a partir de embustes, o, si se quiere, falsas verdades: no hay más que recordar que hablamos del responsable de, por ejemplo, El club de la lucha, El curioso caso de Benjamin Button o Zodiac. Tres extraordinarias farsas (o casi).

Teniendo esto en cuenta, Perdida es una invitación a, eso, perderse. Entre las verdades, las mentiras y lo contrario, si es que lo hay. La endiablada historia que tiene lugar en torno a Nick Dunne (un Ben Affleck quizá a su mejor nivel interpretativo, y lo dejamos ahí) y su esposa Amy (una vigorosa Rosamund Pike) abandona pronto sus cimientos de posible misterio y lógico desconcierto para echar vuelo. En ese ascenso, todo lo que aparece forma parte del juego: un marido que no actúa como supuestamente debería, una esposa que ha perdido su razón de ser hace tiempo, unos padres absorbentes y obsesivos que incluso habían convertido a su hija en personaje de ficción, una hermana abnegada y tenaz, unos policías movidos como marionetas, un abogado de divorcios con madera de estrella, una pareja de paletos colocados a modo de deus ex machina, un ex acusado de acoso (¿o no?)… Y hasta aquí podemos leer. Perdida se enmaraña entonces en un complejo entramado en el que todo se acerca demasiado a dejar de tener sentido, con dos posibles resultados: no ser tomada en serio o envolver al espectador en la recomposición de un alocado y excesivo puzzle. Aunque, muy posiblemente, ambos efectos se entremezclen.

Todo ese exceso está ahí, cuidado al detalle por Fincher, para convertirla en quizá la película más al límite del Hollywood de los últimos años. En su apuesta, tan inquieta como despiadada, el director camina por la fina línea que separa lo serio de lo ridículo, lo veraz de lo bizarro, en donde otros creadores como –y no queremos comparar– David Cronenberg o incluso Pedro Almodóvar son los que hacen las virguerías. El melodrama lanzado a sus últimos confines se confunde con el thriller enrevesado (y la mayoría de veces, barato) de literatura superventas en los laboriosos 149 minutos que dura la película. Y lo hace con una deslumbrante factura, aséptica, elegante y cuidadosa, con la que Fincher (también Jeff Cronenweth y su fotografía, y Trent Reznor y Atticus Ross y su música) da el do de pecho.

Por ello, Perdida adquiere la consistencia de una farándula, que se nutre incluso de los artificiosos y chirriantes elementos provenientes directamente del mundo (también extremo) de la información actual y la imagen pública, ese tan intrínsecamente estadounidense que ha convertido las vidas de las personas en reality shows. Y a partir de aquí, lo satisfactorio: la cinta se convierte en una de las películas más cínicas que el cine reciente ha regalado. Tras su condición de patraña, esconde (hacia al final, lo deja aflorar sin tapujo alguno) una ácida visión no solo sobre las convenciones sociales, sino también sobre, claro, el matrimonio, y, en última instancia… el amor. Algo que, si se piensa, también puede llegar a ser una farsa. Es más, muchas veces lo es, aunque no haya thriller alguno en medio. Y eso es menos apasionante.

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David Fincher no solo entrega una ácida visión no solo sobre las convenciones sociales, sino también sobre el matrimonio, y, en última instancia, el amor

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