Fuegos artificiales en pleno día

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‘Black Coal’ es un artefacto extravagante, entre el negro (del carbón) y el frío (del hielo)

Cuando un thriller chino venció a la colosal Boyhood en la Berlinale llevándose el Oso de Oro, todas las miradas se dirigieron a él. Y no era para menos. ¿Qué podría haberle arrebatado el galardón que a todas luces llevaba el nombre de Richard Linklater? Un tal Diao Yinan, que aunque poco conocido para el gran público ya había pasado por Rotterdam con su primera cinta (Uniform, 2003) y Cannes con su segunda (Night Train, 2007), firmaba el artefacto, de extravagante título: Black Coal, Thin Ice (literalmente Carbón negro, hielo fino). Y así es como se podría describir: un artefacto extravagante, entre el negro del carbón y el frío afilado, un artefacto negro y afilado.

La cinta, distribuida en España bajo solo la primera parte del título, es, como dicho antes y antes que otra cosa, un thriller. Uno que empieza entre el combustible fósil: un cadáver envuelto en una bolsa de plástico comienza a dispersarse entre las cadenas de la planta industrial que lo transforma en energía en plena China profunda, y los trabajadores, entre el desconcierto y el asco, paran la producción para recibir a los policías de la ciudad. Tras contemplar el vacío delante de sí mismo (hecho imagen a través de esa botella que se precipita hacia el fin de unos escalones infinitos), el encargado del caso, el agente Zhang Zili, se ve envuelto en lo más oscuro de lo que puede rodearlo. En un encuentro fortuito en una peluquería (en donde ya la imagen se impregna de ese toque kitsch con el que Diao Yinan salpica a la película a lo largo de todo su metraje), sorprendente y sangriento, Zhang acaba siendo el único superviviente, o casi: la historia se vuelve a reencontrar con él cinco años después. A través de una brillante elipsis (un túnel y un desvío sobre una motocicleta), el carbón negro del verano de 1999 se convierte en el hielo delgado del invierno de 2004, sobre el que Zhang no ha caminado con cuidado: bajo sus pies, todo se ha resquebrajado, y tras haber perdido su trabajo, se mantiene a duras penas, bebiendo y merodeando su ciudad en la noche. Hasta que la muerte de varias personas vuelven a hacerlo patinar sobre esa delicada y fría capa: todas ellas están relacionadas con la viuda del hombre fallecido en el tiroteo anterior, el principal sospechoso de la primera muerte, la que desencandenó todo.

Black Coal se convierte a partir de ahí, más que en un thriller al uso, en un retrato del desconcierto que algo así provoca en todas las piezas de ajedrez que se ven envueltas en él. La viuda, la misteriosa y cautivadora Wu Zhizhen, se vuelve el centro de esa turbación, desde su aparentemente anodino trabajo en una tintorería del pueblo, hasta sus escarceos amorosos con el ex agente. La mirada de la joven, siempre impertérrita y melancólica, guía la luz de una sensación, en vez de la de una certeza: la verdad de los acontecimientos no es revelada con un giro claro de guion, sino sugerida, evocada, y, a veces, absolutamente abandonada, a través de pasajes de un poder cinematográfico irrenunciable. El hipnótico círculo de patinadores en el hielo y la posterior seguimiento entre los dos protagonistas, la impresionante escena de revelación y sexo en la cabina de la noria, la indescriptible y, otra vez, desconcertante danza de fuegos artificiales en pleno día de la escena final. Entre ellas, los oscuros brotes de violencia y los coloristas cuadros formados por los fluorescentes neones que rocían la gélida nieve del invierno continental del gigante asiático remiten, por ejemplo, a los recursos estilísticos mostrados con toda exuberancia en la reciente Solo Dios perdona de Nicolas Winding Refn. Aunque sea, por razones obvias, Un toque de violencia de Jia Zhang-Ke su pariente más cercana, la cinta de Diao Yinan no elige ser reflejo de una trastornada y perpleja sociedad (aunque algo de eso salga a la superficie) que se cae por su propio peso, sino que prefiere perderse en los recovecos de una historia trastornada y perpleja, en un hueco entre la pólvora y el extrañamiento; digamos, en una explosión de fuegos artificiales en pleno día.

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Diao Yinan prefiere retratar el desconcierto que un thriller provoca en las piezas de ajedrez que se ven envueltas en él

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