Los imprescindibles

eric-rohmer_254-01“Yo no hablo, yo enseño. Enseño a gente que se mueve, y que habla.” En sus propias palabras, Éric Rohmer no es un cineasta que cuenta historias, sino uno que las capta, algo que entronca con los talentos que desarrolló antes de formar parte de ese grupo de jóvenes que revolucionaron el cine francés subidos en una nueva ola. Periodista, novelista y crítico de cine antes que director, Rohmer, nacido en 1920 como Maurice Henri Joseph Schérer, y fallecido hace tres años como uno de los más importantes cineastas franceses, consiguió con su estilo sencillo, delicado, claro y elocuente firmar títulos tan importantes como Mi noche con Maud (1968), La rodilla de Clara (1970) o El rayo verde (1986). Con su cine, a caballo entre comedias ligeras y expresivas e íntimos dramas de cámara, demostró siempre una inmaculada condición literaria, tanto en su fondo como en su concepción. Sus obras se dividen en series: los “Cuentos Morales”, sobre los hombres, las mujeres y las infidelidades; las “Comedias y proverbios”, edificados sobre algún dicho o proverbio; los “Cuentos de las cuatro estaciones” y las demás, entre adaptaciones literarias y guiones propios del cineasta. Si la vida personal de Rohmer era especialmente hermética -se dice incluso que su madre no sabía que su hijo era un cineasta reconocido-, sus películas eran absolutamente opuestas: quizá por ello pocos han sabido retratar la intimidad, la moralidad, las reflexiones y los sentimientos, digamos, casi todo lo que nos define como personas, como él.

Uno: La coleccionista (1967)

La Coleccionista fue la primera película de Rohmer con relativo éxito– C.T.

En los “Seis Cuentos Morales” de Éric Rohmer, la trama sigue basicamente el mismo esquema: el protagonista masculino tiene una relación con una mujer, es tentado por otra y finalmente regresa con la primera. De esta manera, se aprovecha para explorar la divergencia entre lo que cree que debe hacer, lo que quiere hacer, lo que hace y lo que dice. La voz en off del protagonista relata sus pensamientos en primera persona, y a través de ese recurso vemos sus procesos mentales y sus cambios de actitud.

La coleccionista (1967) empieza con tres prólogos que nos presentan a los principales personajes, pero las primeras imágenes que vemos son de Haydée. La cámara se detiene con calma a filmar a la coleccionista, la tentación, caminando por la orilla del mar en bikini. Esa capacidad de ser pausado y observar las cosas con detenimiento es una característica fundamental del estilo de Rohmer, y plantea una serie de diferencias cruciales con respecto a un estilo clásico e incluso al estilo de otros directores de la Nouvelle Vague. Según Rohmer, él no decía cosas en sus películas, se limitaba a mostrar gente. Comparaba a la gente con los paisajes: hablan, se mueven, cambian de gestos, de comportamiento. De ese modo, La coleccionista coincide plenamente con la observación de los procesos de cambio de Adrien, un hombre atractivo que está de vacaciones en una casa prestada, con la intención, filosóficamente meditada, de no hacer absolutamente nada. Le acompaña su amigo Daniel, un carismático pintor, pero su tranquilidad se ve perturbada por Haydée, que es también invitada a la casa y se dedica a llevar hombres o ser recogida por ellos (de ahí el apodo que le ponen los dos amigos).

Adrien tiene una novia pero está ausente, en Londres. Su voluntad de conseguir no pensar mediante la inacción casi absoluta se traslada a la película, en la que no hay apenas arco narrativo ni intención climática en ninguna secuencia. A Adrien le desagrada Haydée inicialmente, pero poco a poco se va fascinando y comprobamos cómo lo que se dice a si mismo se contradice con lo que hace, o cómo lo que hace se contradice con lo que quiere. Incita a Daniel a seducir a Haydée, pero al mismo tiempo la desprecia llamándola pendona, y sin embargo se interesa por ella. La complicidad entre ellos crece y mengua en función de lo que hayan hecho, y las motivaciones del comportamiento de la coleccionista permanecen ocultas, indescifrables. Adrien es interesante como personaje porque no es predecible, porque, igual que las personas, es incoherente. Sin embargo, Haydée es increíblemente fascinante, y no solo por su belleza, sino porque no tenemos nada real a lo que agarrarnos para construír nuestras expectativas sobre ella. De ese modo, lo que en principio amenaza con ser una película incapaz de crear empatía en nosotros, en la que la gente habla hasta la extenuación de cosas banales, se convierte en lo contrario. Es el más difícil todavía: construír una película en la que no pasa practicamente nada, construír personajes auténticos y reales a partir de los detalles más intrascendentes, mantener nuestro interés y conseguir una auténtica película humana.

Dos: La marquesa de O (1976)

marquise-do-5-web– C.S.

Tras dejar atrás sus cuentos morales Rohmer decidió cambiar de registro y eligió un relato corto del alemán Heinrich von Kleist para hacerlo. La marquesa de O se sitúa en la Italia de finales del siglo XVIII, tras la invasión rusa una familia de aristócratas es expulsada de su castillo por el ejército enemigo. Durante el incidente la hija de la familia, la marquesa Juliette (Edith Clever), una mujer viuda y madre de dos niñas sufre un intento de violación y es rescatada por un coronel ruso al que da vida Bruno Ganz. Un tiempo después el hombre vuelve a acercarse a la familia para pedir la mano de Juliette, todos se muestran extrañados ante sus intenciones pero las cosas se complican cuando la marquesa descubre que está embarazada. Sus padres no aceptan esta deshonra y echan a Juliette de casa, es entonces cuando esta emprende la búsqueda del hombre que la ha dejado en estado.

Teniendo en cuenta los elementos que componen esta historia y las razones que mueven a sus protagonistas parece que estemos ante un nuevo Rohmer. Las intrigas de La marquesa de O poco parecen tener que ver con las historias protagonizadas por burgueses de mediados del siglo XX preocupados por sus líos amorosos que se recrean en sus larguísimas conversaciones acerca de lo divino y lo humano. Aquí los diálogos juegan un papel mucho más secundario, los pensamientos y los sentimientos de los personajes no se nos presentan a través de lo que estos dicen, son sus comportamientos y sus actos los que nos hablan de quienes realmente son, con sus contradicciones y sus partes oscuras. Rohmer parece querer que sea el espectador el que saque sus propias conclusiones y el que decida cuales son las motivaciones que mueven a cada uno de los implicados en la intriga. Además la cinta plantea una disyuntiva entre, digámoslo así, la razón y la fe. La joven marquesa es expulsada de su casa porque nadie cree que los soldados que la agredieron sean los responsables de su embarazo, ella no tiene pruebas de que esto sea cierto y su familia es incapaz de dar validez a sus argumentos aunque estos ayudarían a que la relación entre ellos fuese mejor, la razón se impone al corazón. Aunque la forma y el contenido sean distintos una vez más Rohmer intenta profundizar en los motivos que mueven las acciones humanas, profundizando en sus motivaciones y en el papel que las apariencias y los deseos más íntimos juegan.

Mención aparte merece el brillante trabajo que el director de fotografía Néstor Almendros realiza en La marquesa de O, las estancias en del castillo en el que la historia se desarrolla están iluminadas con una suave luz que la cámara capta con una maestría impresionante. En la decoración y el vestuario predominan los tonos blancos y todo esto dota al conjunto de una luminosidad  y una calidez que encaja a la perfección con el naturalismo con el que Rohmer narra todo lo que presenciamos.

Tres: El rayo verde (1986)

EL_RAYO_VERDE– D.G.

La fascinación de Éric Rohmer por lo sencillo es, a lo largo de toda su carrera, fascinante. Para bien y para mal. Para bien, porque el grado de pureza que alcanza con sus propuestas, la desnudez de sus dramas emocionales y personales, alcanzó cotas muy difíciles de igualar por otros talentos que no fuesen el suyo. Para mal, quizá, porque en su misión por llevarla más allá, por traspasar fronteras para quedarse, paradójicamente, con muchísimo menos, ignora todo lo demás. Pero, otra vez para bien -nos centramos-, porque sus resultados son casi inmaculados. En El rayo verde (1986), su interés por desvestir por completo sus películas, por convertir el aparato cinematográfico en un rayo de luz que apenas se puede ver en las más prístinas condiciones, llega a su máxima expresión.

El rayo verde sigue los días de Delphine (Marie Rivière), una joven secretaria parisina de vacaciones de verano, que se queda sin planes al cancelarlos una amiga en el último minuto, y que vaga de un lugar a otro con el solo fin de encontrar su hueco, si es que existe, en alguno de ellos. Su familia la invita a ir con ellos a Irlanda, pero elige irse con una de sus amigas a su reunión familiar en Cherburgo; más tarde, la abandonará para ir a los Alpes, junto algún conocido, para volver inmediatamente a París, y conseguir que una compañera le preste su piso en Biarritz. Delphine se mete Francia en la mochila, pero lejos de hacerlo con una sonrisa, lo hace en su hastío y su incapacidad para conectar con los demás, perdida y escudada en su difícil personalidad, delicada, compleja y soñadora. Delphine, agotada y agotadora, se cruza en su último destino con algo que no había esperado: conoce lo que es “el rayo verde”, un fenómeno óptico en el que parece que el último rayo del sol al atardecer se vuelve de ese color, y que inspiró a Julio Verne para escribir su viaje extraordinario más romántico, pues, según él, quien viera esa luz sería capaz de entender sus propios sentimientos, y los de los demás.

En esa luz es en la que Rohmer ilumina su historia, casi sin ser historia, casi sin ser iluminada. El rayo verde adopta una mirada casi documental, improvisada y ligerísima: el guion, escrito por él mismo y su actriz protagonista, permitía a los personajes inventar sus propios diálogos; las tomas fueron rodadas cronológicamente y en 16 mm, para mimetizarse al máximo con el entorno. El rayo verde, la quinta entrega de su serie “Comedias y proverbios”, parece casi amateur, pero estaba hecha, precisamente, por un cineasta que ya había conseguido el éxito desde todos los festivales europeos hasta los Oscar, y que, incluso, con esta película, se llevó el León de Oro en Venecia. La simpleza y sencillez del film permite que Delphine busque su luz de la misma manera en que, probablemente, lo haríamos nosotros si no tuviésemos una cámara delante.

Cuatro: Cuento de verano (1996)

En Cuento de verano, Gaspard juega a tres bandas-M.V.

Amores de verano. Qué intensos, qué bonitos y qué pasajeros amores se pueden llegar a vivir, sobre todo, en esta época del año. Y sobre todo si uno es francés. No se trata de que empecemos a hablar de estereotipos, hay que admitirlo, ellos (los franceses y francesas) viven la vida y el amor de una forma diferente, como se muestra en Conte d’été (Cuento de verano) (1996), la tercera parte de la serie “Cuentos de las cuatro estaciones”. Gaspard (un joven Melvil Poupaud) llega a un pueblo de la Bretaña Francesa para pasar sus vacaciones. Es allí dónde ha quedado para verse con su novia Lena (Aurelia Nolin). Pero se retrasa unos días y Gaspard no pierde el tiempo. Sueña con componer una gran canción, pasea por la playa, disfruta del sol y conoce a más chicas. Margot (Amanda Langlet), es la dulce camarera que trabaja en la crepería de su tía, es una aventurera y una enamorada de la Bretaña. Los dos acaban por hacerse muy amigos sin darse cuenta. Todo por azar, como sucede siempre en las películas de Éric Rohmer.

Las conversaciones sencillas, los diálogos frescos y desenfadados entre Margot y Gaspard dan la sensación de que al final de esos días de verano ambos se conocen muy bien. Y después aparece Solene (Gwenaëlle Simon) con su melena rizada y su voz de sirena que lo llama y lo atrae hasta el punto en que Gaspard no se da cuenta en lo que se está metiendo. El juego a tres bandas, con sus tres chicas favoritas, cada cual especial por sus cosas. Es por la naturalidad de las palabras que surgen de sus bocas, y también muy difícil de explicar pero la sensación que tenemos es de estar ante un engaño total. No sabemos quién juega con quién. Los cuatro hacen uso de mentiras, parece que quieren guardar las apariencias para protegerse de compromisos que ni quieren ni les interesan tener. Todos viven con prisa y cuidado conscientes de que sus sueños de amor se acabarán con el verano efímero. Por eso las amistades y el amor surgen con tanta facilidad, que no queremos decir no tengan importancia o que no sean relaciones indiferentes, al revés. Todo lo que van a sentir les hará más fuertes, más maduros y todavía más amantes de la vida de lo que ya eran. Después para solucionarlo solo hace falta escapar. El punto positivo, además de adentrarnos en esta filosofía de la importancia de la amistad, es que Rohmer consigue que no nos cansemos a la primera de cambio de un tema tan socorrido en el cine como es el amor.

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