Película del mes: Amor

AmorAmor. Cuando supimos que la próxima película del impasible, despiadado, imprescindible, Michael Haneke, llevaría por título algo tan, aparentemente, contrario a su temática habitual algo se nos movió en el corazón. ¿Cómo podría un director conocido por sus desoladores y misántropos retratos (y no-retratos) de la violencia y la destrucción en la sociedad y las personas tratar el amor? El maestro austriaco se encargó de disipar nuestras dudas llevando su último filme a la pasada edición del Festival de Cannes, en donde era probablemente la película más esperada, y en donde demostró, una vez más, que tenía más que suficientes razones para levantar tales expectativas. A su paso por la Croisette, tuvo la más entusiasta recepción de la edición -con permiso de la que disfrutó el brillante desvarío metacinematográfico de Leos Carax en Holy Motors-, generando descripciones como la de Peter Bradshaw en The Guardian (“la maestría y la supremacía de Haneke han resonado aquí en Cannes como un acorde de orquesta; esto es cine al más alto nivel de inteligencia y conocimiento”) o la de Sergi Sánchez en La Razón (“la historia de amor más auténtica del cine reciente (…) se materializa en esta obra maestra absoluta”). Haneke, orgulloso responsable de algunas de las experiencias cinematográficas más insoportables -por incisivas, por duras, por su capacidad de enfrentarnos a bocajarro con nuestros vacíos más oscuros- como Funny Games (1997) o su conocida trilogía de la glaciación emocional -nada menos- (El séptimo continente, 1989, El vídeo de Benny, 1992, y 71 fragmentos de una cronología al azar, 1994), había rodado una película ¿sensible?

Sensible. Y sentida. Y sencilla, y esencial. Y austera, vital y conmovedora. Y emocionante, trascendental, desgarradora y devastadora. La película que le reportó al cineasta su segunda y consecutiva Palma de Oro -con lo que entró en una exclusiva liga en la que solo juegan Shōhei Imamura, Alf Sjöberg, Emir Kusturica, Francis Ford Coppola, Bille August y los Dardenne- es todo esto, que no es poco. Amor es la historia de Georges y Anne (unos impresionantes Jean-Lous Trintignant y Emmanuelle Riva), un matrimonio octogenario que vive en su piso de París, entre los gratificantes recuerdos de una vida plena pasada y la cotidianidad de un presente que se antoja próximo a su fin: entre la asistencia al recital de piano de un ex-alumno de Anne y el desayuno de todos los días, la pareja ve alterada su plácida rutina por un repentino ataque que los afectará muy duramente. No se necesita nada más.

-La luz del final
Especificamos quién sufre el ataque -Anne-, pero casi ni importa; tras una vida compartida, Georges y Anne no diferencian entre uno y otro. Suena cursi, pero no lo es: es real, y increíblemente cercano. Georges cuida de Anne, observa cómo su salud se va deteriorando poco a poco, a ritmo lento pero imparable, uno que lo vuelve responsable, inseguro, preocupado, impotente. Su hija (Isabelle Huppert) visita de vez en cuando a los ancianos, con su marido o sin él, para preocuparse por ellos, e incluso demandar algo de atención. Pero la vida sigue, y seguirá hasta llegar a su fin.

Haneke demuestra desde el principio lo que quiere decir; para contarnos que esta es una historia de amor, y de muerte, nos enfrenta en la primera escena con Anne, tendida sobre su cama, sin vida, con flores alrededor de su cabeza. La implacable realidad de la que se nutre la película, se encarga de llevarnos, después, hasta aquí. Haneke, maestro del fuera de campo, escapa ahora de él e nos introduce a los espectadores en un continuo enfrentamiento con esa realidad, sin escapatoria, sin concesiones, sin efectismos, sin provocaciones. Lo que rezuma las imágenes de Amor es nada menos que la vida, en su recta final, la que puede despojarnos de toda dignidad posible. Precisamente, es esto lo que mueve a Georges, el aferrarse a su voluntad, a su resignación, y aún, a su amor por Anne. Georges la cuida aún con pesadillas, con parálisis facial, con molestos gritos, con insufribles dolores. Haneke hace que nos demos de bruces con la honesta dureza de su historia, pero lo hace, esta vez, desde un lugar en el que no lo hemos visto nunca antes. En Amor hay emoción, hay sentimiento, hay calidez. Y quizá eso, en Haneke, deslumbra aún más. En esta película, su cine no descubre nuevas vías de expresión; su frialdad narrativa y su exactitud quirúrgica siguen siendo sus principales aspectos. Pero algo subyace en ella, que provoca que todo lo que vemos sea más humano. Haneke encuentra un alma, ¿o se vuelve más convencional? Con Amor, se ha apuntado un cierto acomodamiento de su obra, que ha conseguido volverse carne de premios de academia, tanto en Europa como en EE.UU. -quién lo iba a decir viendo sus anteriores obras-; y que paradójicamente, el desarticulador de la burguesía europea se ha aburguesado. Sin embargo, si el resultado no es algo magistral, no sabemos qué puede serlo.

El trabajo de Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva es simplemente impresionante. Trintignant (82 años), protagonista a lo largo de su carrera de Un hombre y una mujer (Claude Lelouch, 1966) Z. (Costa-Gavras, 1969) o la más reciente Tres colores: Rojo (Krzysztof Kieslowski, 1994), y Riva (85 años), protagonista a lo largo de su carrera de Hiroshima, mon amour (Alain Resnais, 1959) o Thérèse Desqueyroux (Georges Franju, 1962), soportan sobre sus curtidas espaldas la película. La magnífica Isabelle Huppert -frío corazón de otras obras de Haneke como La pianista (2001)-, con su papel de hija, preocupada, egoísta en su impotencia, queda relegada a un segundo y más sombrío plano. Las actuaciones de los dos veteranos -con las que han conseguido ensordecedoras ovaciones e incesantes reconocimientos- son la principal fuente de la cegadora iluminación de Amor.

-Sonata de una orquesta de cámara
Haneke orquesta un solemne ejercicio de cine de cámara, en el que las paredes y los altos techos del apartamento de Georges y Anne nos sirven para delimitar y enclaustrar las vidas de los ancianos, conscientes de su destino. Una consciencia que se transpone en la inmaculada apariencia de sus imágenes, casi celestiales. Amor es una límpida sonata envuelta en piezas de Schubert, Bach y Beethoven -la banda sonora viene de la mano del compositor francés Alexandre Tharaud, el alumno de Anne en la película- y en una perfecta composición visual -concebida en colaboración con el director de fotografía Darius Khondji- que remite, si se nos permite la osadía, a la que Sven Nykvist armaba en su magistral blanco y negro de la filmografía del incomparable Ingmar Bergman. Incluso, si se nos sigue permitiendo la osadía, está aquí esa intención que alcanzó sus mejores resultados en la imprescindible filmografía del maestro sueco; la de indagar en la condición humana, en su fragilidad, entre la vida y la muerte, desde un punto de vista quizá más próximo. Con tal excusa, el austriaco se permite coquetear en su cine con motivos a los que nunca antes se había acercado: retrata por primera vez en su obra un sueño -una inquietante pesadilla de Georges-; se pasea por la ensoñación en el purgatorio entre vida y muerte; introduce un evocador y recurrente momento en el que Georges intenta atrapar una paloma que vuela por accidente dentro de su pasillo. Quizás, nos esté diciendo Haneke, como las personas: intentamos controlar nuestra existencia, algo que se antoja harto difícil.

Aunque sea el mismo, poco tiene que ver el Haneke de Amor con el deconstructor de la brutal sociedad posmoderna de Código desconocido (2000), el no-retratista de la obsesión y la culpa de Caché (Escondido) (2005) o incluso el más reciente, y el que le valió su primera Palma de Oro, el cirujano de la coyuntura histórica previa a la mayor masacre humana de la edad contemporánea La cinta blanca (2009). Parece que el director, nacido en el Múnich nazi allá por el 1942 pero nacionalizado austriaco, ha tomado un nuevo rumbo. Nos lo preguntábamos antes de conocerla: ¿cómo es un Haneke tierno, cercano, humano? Seguramente, bajo las múltiples capas, o incluso fuera de campo, siempre ha estado ahí. En la presentación de la cinta el pasado mayo en el certamen de la Costa Azul, el director declaraba: “En mis películas solo intento reflejar una situación dada por la vida. Pero yo no soy un retratista de la violencia, me niego a tener esa etiqueta” ¿Es Amor la evolución natural de su obra? Quizás sí. “Cuando se llega a cierta edad, el sufrimiento inevitablemente te conmueve. Es todo lo que quiero mostrar, no hay nada más.” Amor es, como dijimos, sencilla, esencial, trascendental, y por ello, cercana, sobrecogedora, real. En su sencillez está su importancia, y Haneke, seguro, conciso, lo sabe: “Estoy muy contento de haber hecho una película simple.”

– David González


Si quieres echarle un ojo a todas las películas del mes, clica aquí.

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