Película del mes: De óxido y hueso

-Después de Un profeta, la tarea no era fácil. Superar uno de los títulos más aclamados de los últimos años se antojaba un trabajo harto complejo. Y es que su magistral drama carcelario, su contundente thriller ambientado en el mundo de la mafia, que llevó a nuevas cotas y por nuevos caminos los géneros que han reportado sin problema alguno tanto grandes clásicos de la historia del séptimo arte como títulos cruciales del cine moderno, no era moco de pavo. Jacques Audiard firmó un título clave de la temporada del 2009 -cuantiosos reconocimientos en todos los festivales del mundo por los que pasó, entre los que se cuenta el Gran Premio del Jurado en Cannes; el triunfo absoluto en los premios César, y la notable presencia en la categoría de la película extranjera en la temporada de galardones norteamericana, solo ensombrecida por haber coincidido en el tiempo, precisamente, con otro de los filmes más laureados de los últimos años, La cinta blanca, de Michael Haneke-. Un profeta vino a demostrar que la búsqueda de Audiard, esa con la que consigue humanizar el género policiaco, buscar la desviación emocional y psicológica en una temática que habitualmente se presta a ser firmada con el piloto automático encendido, es más que fructífera. El director parisino, hijo del también cineasta y guionista Michel Audiard, no ha cesado en su exhaustiva investigación desde su ópera prima, Mira a los hombres caer, lanzada allá por el 1994, hasta su última película, la que vino a recoger el testigo de Un profeta, la que llega este mes a nuestras salas de cine.

Pues bien. La nueva cinta de Audiard se coloca en un punto diametralmente opuesto a ese del género criminal que tantas alegrías le ha reportado; aunque, sin embargo, sin alejarse demasiado de lo mejor de sus retratos. En De óxido y hueso (afortunadamente, traducción literal de su evocador título original De rouille et d’os, a su vez transcripción de Rust and Bone, el título de la novela en que se inspira) está lo que conocemos de la filmografía del francés; personajes luchadores enfrentados contra los engranajes ya sea de la mafia corsa o de la existencia en general, crudos golpes de realidad, descarnados sentimientos y brutales devenires de los acontecimientos. Y, por encima de todo esto, su hipnótica y arrebatadora descripción en la pantalla. De óxido y hueso era una de las cintas más esperadas de la pasada edición de Cannes, aunque, tras su pase, la prensa, dispuesta a volver a ovacionar unánimemente al nombre que tres años antes levantó pasiones en la Croisette, se quedó algo descolocada. Si bien para buena parte de la prensa, la película era profunda, absorbente y conmovedora, para otra, era decepcionante y algo manipuladora -comparándola con la excesiva Biutiful (Alejandro González Iñárritu, 2010)-. Sin embargo, nosotros lo tenemos bastante claro: si todas las películas manipuladoras son como esta que nos ocupa, bienvenidas sean.

-La fuerza y la fragilidad, o el hombre como animal
Decimos que la nueva cinta de Audiard se coloca en un punto diametralmente opuesto al que ha tomado como base para firmar sus mejores obras. Y eso es porque, antes de todo, De óxido y hueso es un melodrama; pero no uno convencional. La película lleva al cine la homónima colección de historias cortas del escritor canadiense Craig Davidson, en la que retrata un mundo salvaje habitado por boxeadores, perros luchadores, adictos al sexo y jugadores profesionales. En él, un boxeador nunca se recupera de una lesión en una mano, un hombre entrena a sus perros para competir a muerte, un domador de orcas tiene un terrible accidente con una de ellas, un embargador busca la redención intentando volver con su mujer discapacitada… Audiard agarra a dos de esos personajes y los conecta: el boxeador y el domador de orcas, que convierte en domadora. La película se vertebra así en torno a la relación de las dos figuras, fuertes, frágiles, rotas. Ali (Matthias Schoenaerts), el boxeador, sin hogar, ni empleo, ni amigos, viaja al sur de Francia, a la Costa Azul, para que su hermana (Corinne Masiero) lo refugie a él y a su hijo de cinco años (Armand Venture) en su casa. Trabajando como portero de una discoteca, conoce a Stephanie (Marion Cotillard), una mujer que se ve envuelta en una pelea, que intenta ayudar, y de la que aprende que es domadora de orcas en un complejo zoológico de la ciudad. Sus caminos se separan, pero, pronto se vuelven a encontrar: la mujer tiene un fatal accidente con una de las ballenas asesinas, por la que pierde sus piernas, mientras el boxeador desciende a los bajos fondos del boxeo en busca de dinero, olvidándose de su hijo, a quien considera un estorbo, convirtiéndose en poco más que un perro de pelea.

Una mujer inválida, que comienza una vida nueva que no esperaba, en la que se abre camino con miedo, con dolor, con el rabo entre las piernas. Un hombre violento, cuya vida no toma el rumbo que quisiera, que se ve obligado a subsistir apoyado en su fuerza física, su cuerpo, sus instintos más animales. Así, pues, se reduce a la persona a su esencia animal, su naturaleza instintiva. Stephanie encuentra un refugio en Ali, que la ayuda casi involuntariamente a seguir adelante, a sentirse otra vez viva; Ali encuentra un apoyo en Stephanie, que lo asiste, que lo mantiene unido entre su hijo y su nueva ocupación. La relación entre los dos personajes se libera de supuestos lazos, obligaciones o convenciones; los sentimientos son primigenios, el vínculo es aceptado, no cuestionado, su desarrollo es irregular, pero orgánico. Los trágicos acontecimientos que acaban uniendo a los dos sujetos, desamparados, son, sin embargo, enseñados lejos de lo trágico, como una representación convencional requeriría. Audiard le confiere una emocionante sutileza, llevándolo todo a un lugar exento de manipulaciones sentimentaloides. Lo que hace el francés con un contenido tan propenso al tremendismo barato es, simplemente, digno de admiración. Sin embargo, no está solo en esto: gran parte de tal peso recae en las asombrosas interpretaciones de Schoenaerts y Cotillard. La fuerza y la imponente apariencia física del actor belga -que ya había llamado la atención en Bullhead (Michael R. Roskam, 2011)- se deconstruye en la vulnerabilidad de un personaje que se despoja de coraza y músculo a través de una fría y comedida actuación, y la habitual brillantez de Marion Cotillard, incontestablemente, una de las mejores actrices de su la actualidad, es canalizada en cada gesto, cada mirada, cada sonrisa, cada ceño fruncido, cada palabra. Sí, aquí hay mucha carne de premio.

-Impresión, luz, sangre y puñetazo
Si De óxido y hueso nace de la compenetración encontrada entre Audiard y Davidson, puesto que fue tras cruzarse el francés con una copia del libro, que le habían recomendado por poseer una estética similar a la de su obra, cuando decidió convertirlo en una película, es pertinente establecer relaciones entre sus miradas. En el universo de ambos la hostilidad que rodea a sus personajes se atempera por su humanidad y la sutil observación de sus motivaciones. Se puede decir que Audiard basa en ello su obra; sus ambientes son complejos e hirientes, y sus personajes, también, aunque los motive otra cosa: querer abrirse paso entre ellos. En sus primeras películas, Mira a los hombres caer y Un héroe muy discreto (1996), ya despuntaba el retrato de sus personajes en las sórdidas orbes de crímenes y guerras, pero no sería hasta Lee mis labios (2001), cuando tomaría plena consciencia de su voluntad impresionista. Porque el parisino se adentra en esos mundos, pero desde dentro de sus habitantes, desde sus impresiones, desde su luz, desde su cuerpo. Y como lo hace desde ese punto de vista, no hay concesiones, no hay excesos, sus licencias estilísticas no son ornamentales, son naturales. En Lee mis labios, sin duda su obra más parecida a De óxido y hueso, la relación entre una secretaria parcialmente sorda y un ex convicto se introduce en nuestras pupilas, y sobre todo, nuestros tímpanos -el tratamiento de su sonido es impresionante-. La pirotecnia sensitiva de Audiard llega a su máxima expresión en su siguiente De latir mi corazón se ha parado (2005) y, claro, en Un profeta.

En la película que nos ocupa, la personalidad visual de Audiard permanece intacta, y sigue mejorando. Es ese impresionismo el que nos salva de la tragedia directa, el que nos propone una serie de pinceladas que acaban por pintar un cuadro. De óxido y hueso nos obliga a quedarnos con el agua en movimiento durante el accidente de la orca, con la sangre que vuela y los músculos que se mueven violentamente durante los golpes del luchador, el reflejo de la luz del sol en nuestros ojos. Gracias a ello, el resultado se naturaliza, se vuelve desnudo y sensorial. En la narración, en la que no se presentan precisamente pocas inclemencias a las que tengan que hacer frente los personajes, se compensan los problemas con sus soluciones -Stephanie se recupera con la ayuda de unas prótesis ortopédicas, el trágico accidente del hijo de Ali resulta no ser fatal-. Se evitan los extremos; y se agradece. Quizá, otro de los aspectos que aplaca la dureza de la historia es el uso de la música: la valentía de hacer algo tan evitado en el cine de autor como escoger éxitos recientes y populares (oímos a Bon Iver y a Lykke Li, e incluso el Fireworks de Katy Perry en una de las escenas más conmovedoras) que todos hemos escuchado alguna vez en nuestro día a día, resta solemnidad y añade humanidad a un resultado que se vuelve así más cercano. Conclusión: claro que las comparaciones no son buenas, y tras Un profeta, el listón era muy difícil de superar. Pero De óxido y hueso no pretende hacerlo, y por ello, se presenta valiosa, destacada y destacable por sí misma.

– David González


Si quieres echarle un ojo a todas las películas del mes, clica aquí.

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